ESTA VEZ, SÍ
Lo había intentado todo. El vapeador, que le provocaba más tos que los cigarrillos. Los chicles de nicotina, que le revolvían el estómago. La hipnosis, donde se quedó dormido a los quince minutos. Incluso un curso online de un exfumador que aseguraba haber dejado el tabaco en tres días… viviendo en las montañas. Y nada. Siempre había un motivo: una llamada tensa, una discusión absurda, una celebración improvisada. O, simplemente, ese hueco que deja el “no saber qué hacer” cuando todo está en silencio. Y en ese hueco, él fumaba. Su hijo, de nueve años, ya no le pedía que lo dejara. Solo fruncía la nariz al entrar al coche. Y abría la ventana. Aquello dolía más que cualquier sermón. Aquel jueves llovía sin tregua. Le tocaba recogerlo a la salida del colegio. Salió con tiempo y aparcó cerca. Como faltaban aún veinte minutos, buscó su tabaco. No estaba. Rebuscó entre los bolsillos, en la guantera, debajo del asiento. Nada. —Mierda —dijo en voz ...